23 Ene 2008(12:06:34)
¡Ay de mi! ¡Oh manes! Me entero que la codicia inmobiliaria y la insensibilidad social dieron un golpe de muerte a uno de los grandes santuarios de la espiritualidad nacional. Sí, “El Nivel”, en donde se formaron generaciones de bohemios, poetas y escritores durante más de 150 años, cerró sus puertas. El aposento será tomado por un centro cultural de la UNAM. Sin duda algunos señores profesores se estarán frotando las manos pensando en el “rescate” de un “centro de vicio”. ¡Lo que hace la juventud y la inexperiencia! En “El Nivel”, cuando el Barrio Universitario era tal, dieron cátedra los mayores educadores. He aquí mi recuerdo y testimonio de aquel salón, publicado con motivo de un homenaje a José Alvarado hace algunos años:
“[…] La escuché por primera vez en el retiro sagrado de ‘El Nivel’ en donde mi maestro Pancho Liguori administraba el devenir de ‘los nivelungos’. Yo me llegaba al lugar cada vez que podía –o sea casi a diario- porque entre los ocres olores a duras penas contenidos por capas de suave aserrín, y el bullicio de quince mesas y una barra […] se recibía mejor clase de literatura hispana que en el desangelado salón del tercer piso de la prepa dos en Licenciado Verdad y Guatemala.
“El Nivel”, lo habrán adivinado, es una cantina del centro histórico defeño. Está en la Calle de la Moneda y ostenta, cual orgulloso blasón, la licencia número uno de la ciudad. Era lugar favorecido por aquellos bachilleres del barrio universitario inficionados por el virus de la literatura y la poesía. Ahí cazábamos a los grandes escritores cuando acudían a los oficios de ‘los nivelungos’ que presidía mi llorado profe.
“Aquella tarde lo encontré en el rincón de la barra departiendo con un hombrón de espeso bigote y acento norteño. Como Liguori, vestía traje y corbata. Como Liguori a esas horas, tenía el aspecto de una cama destendida. Era José Alvarado. Puso entre mis manos una ‘Victoria’ al ser presentado como alumno favorito. Fue una velada inolvidable aunque después tuviera que volver a pie a la casa de huéspedes de La Ribera de San Cosme en la madrugada, mareado y sin un céntimo para la pensión.”
La calle de La Moneda nunca será igual.
Miguel Ángel Sánchez de Armas
Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla.
Fuente:
Enlíneadirecta.info
miércoles, 23 de enero de 2008
Intersante artículo acerca de las cantinas en México
Venir a México y no visitar sus cantinas es una especie de sacrilegio.
En la ciudad de México cantinas hay muchas pero de las auténticas cada vez menos. La modernización también ha llegado a estos locales y muchos de ellos han perdido su esencia original. Ahora pretenden que las modernas cantinas sean lugares limpios y agradables para ser disfrutados en familia.
Al hablar de cantinas también es necesario hacerlo del alcoholismo, una de las enfermedades más extendidas en este país. También es necesario decir que el mexicano y el alcohol son a menudo una mezcla explosiva y sumamente peligrosa.
Pero, aun teniendo en cuenta esa realidad, disfrutemos con el relato de David Lida, un extranjero asiduo de las cantinas de la ciudad de México.
Todo el artículo en:
Las cantinas: visión desenfocada de unos ojos extranjeros ebrios.
Todos a El Nivel
Vamos todos a manifestarnos por la reapertura de El Nivel. Este martes 29 de enero a la 1:00 pm afuera de El Nivel con mesas, sillas y unas cervezas a demandar su reapertura.
No faltes.
Cierran “El Nivel”, primera cantina oficial del DF; refugio de artistas, políticos y vagos
Edición 14931 miércoles 23 de enero de 2008
Rotos y perfumados, caifanes y vagos, políticos y artistas, locos y enamorados, siempre estuvieron en “El Nivel”, la primera cantina oficial de México y América Latina, la cual está a punto de desaparecer para darle paso a la cultura.
Parece que no todo está perdido, ante la nostalgia y el asombro de que desaparecería la primera cantina de México, un letrero, una hoja de cuaderno pegada en la cortina con la leyenda: “Cerrado por Remodelación”, alimenta y embriaga la esperanza de que las autoridades de la UNAM, recapaciten y mantengan “El Nivel”.
Sin embargo, dicen los filósofos de la barra y del cubilete; los matemáticos del dominó y los eruditos del albúr, muchos de esos que ahí, a un ladito de Palacio Nacional y Catedral en la esquina de Moneda y Seminario, mitigaron alguna vez sus penas y saciaron su sed, aseguran que esta chulada de cantina debiera permanecer, si no como patrimonio de los borrachos, sí como parte de la historia.
Podría, dicen algunos, ser un museo viviente en Seminario 1: “El Tragote, Museo del Viejo”.
Y es que, en esas casonas y palacios del tiempo de la colonia que ha respetado el tiempo y el terremoto del 85, hoy remodelados, la cantina “El Nivel” no está sola, sino también a unos metros está el edificio que albergó la primera imprenta de América Latina y también la primera universidad de México.
“El Nivel” tiene su registro con la licencia número 1 que se expidió por las autoridades en 1872, durante el gobierno del presidente Sebastián Lerdo de Tejada, quien también fue de los primeros en enterarse de que había un lugar donde se podía gritar, sin que la mujer le pegara a uno.
A unos metros de la cantina “El Nivel”, existen otras páginas del pasado. Está el bello y remodelado edificio colonial donde se instaló la primera imprenta en toda América Latina, hoy es el Museo del Libro, en sus alrededores estuvo también la primera universidad de México.
Otros edificios, viejos vecinos son, además de la Catedral y Palacio Nacional, el “Banco de los Pobres”, el Nacional Monte de Piedad que tiene 218 años; la Librería Porrua, 108 años, amén de otros negocios que con el tiempo fueron habilitados como hoteles, restaurantes, sastrerías, librerías, armerías, imprentas y más recientemente, comercios donde se vende todo tipo de artículos religiosos.
Se asegura que entre los miles y miles de clientes que por ahí pasaron a calmar la sed, o por qué no, a orinar, a curársela o comer los alimentos de la cantina que tenían su fama, estuvieron presidentes de México, políticos, entre otros, Luis Donaldo Colosio, en otra época, también ahí dejó propina el comandante Fidel Castro Ruz al brindar con el Ché Guevara.
Ojalá que las autoridades universitarias, dueñas del inmueble, entiendan que las cantinas, también son cultura.
Fuente:
Diario de Mexico
Rotos y perfumados, caifanes y vagos, políticos y artistas, locos y enamorados, siempre estuvieron en “El Nivel”, la primera cantina oficial de México y América Latina, la cual está a punto de desaparecer para darle paso a la cultura.
Parece que no todo está perdido, ante la nostalgia y el asombro de que desaparecería la primera cantina de México, un letrero, una hoja de cuaderno pegada en la cortina con la leyenda: “Cerrado por Remodelación”, alimenta y embriaga la esperanza de que las autoridades de la UNAM, recapaciten y mantengan “El Nivel”.
Sin embargo, dicen los filósofos de la barra y del cubilete; los matemáticos del dominó y los eruditos del albúr, muchos de esos que ahí, a un ladito de Palacio Nacional y Catedral en la esquina de Moneda y Seminario, mitigaron alguna vez sus penas y saciaron su sed, aseguran que esta chulada de cantina debiera permanecer, si no como patrimonio de los borrachos, sí como parte de la historia.
Podría, dicen algunos, ser un museo viviente en Seminario 1: “El Tragote, Museo del Viejo”.
Y es que, en esas casonas y palacios del tiempo de la colonia que ha respetado el tiempo y el terremoto del 85, hoy remodelados, la cantina “El Nivel” no está sola, sino también a unos metros está el edificio que albergó la primera imprenta de América Latina y también la primera universidad de México.
“El Nivel” tiene su registro con la licencia número 1 que se expidió por las autoridades en 1872, durante el gobierno del presidente Sebastián Lerdo de Tejada, quien también fue de los primeros en enterarse de que había un lugar donde se podía gritar, sin que la mujer le pegara a uno.
A unos metros de la cantina “El Nivel”, existen otras páginas del pasado. Está el bello y remodelado edificio colonial donde se instaló la primera imprenta en toda América Latina, hoy es el Museo del Libro, en sus alrededores estuvo también la primera universidad de México.
Otros edificios, viejos vecinos son, además de la Catedral y Palacio Nacional, el “Banco de los Pobres”, el Nacional Monte de Piedad que tiene 218 años; la Librería Porrua, 108 años, amén de otros negocios que con el tiempo fueron habilitados como hoteles, restaurantes, sastrerías, librerías, armerías, imprentas y más recientemente, comercios donde se vende todo tipo de artículos religiosos.
Se asegura que entre los miles y miles de clientes que por ahí pasaron a calmar la sed, o por qué no, a orinar, a curársela o comer los alimentos de la cantina que tenían su fama, estuvieron presidentes de México, políticos, entre otros, Luis Donaldo Colosio, en otra época, también ahí dejó propina el comandante Fidel Castro Ruz al brindar con el Ché Guevara.
Ojalá que las autoridades universitarias, dueñas del inmueble, entiendan que las cantinas, también son cultura.
Fuente:
Diario de Mexico
En defensa de El Nivel
Marco Rascón
marcorascon@alcubo.com
Un paréntesis, una tregua, en nuestras adicciones por la realidad, para levantar la defensa de ese espacio histórico-anímico que la barbarie académica hoy ha violentado al desaparecer la cantina El Nivel, licencia número uno de este giro de establecimiento mercantil que existía desde 1856 en la esquina de la plaza mayor, a un lado de Palacio Nacional, donde plomeros, albañiles y yeseros libaron con Benito Juárez, Riva Palacio, así como con villistas, zapatistas, carrancistas, maderistas, los de la Ciudadela, reyistas, con José Vasconcelos, Diego Rivera, Siqueiros, estudiantes y maestros de San Carlos y San Ildefonso, de la Facultad de Medicina, comunistas, espías, curas sin sotana, los universitarios del 29, los del 68, cargadores, comunicadores, extranjeros en busca de nuestra cultura y raíces, periodistas y escritores, poetas, pintores de muchas técnicas, los locos de la plaza, gendarmes...
Tan importante como Palacio Nacional es la existencia de El Nivel, pues como espacio vivo demostró que una cantina puede trascender los cambios políticos, los esquemas ideológicos y que es por esencia una tribuna para el intercambio de existencias, condiciones y pensamientos.
Ahora, tras un largo litigio de la UNAM contra los dueños transitorios de la cantina más antigua de la ciudad de México, la universidad la cierra con el mismo ánimo que los españoles construyeron la catedral encima del Templo Mayor azteca o las iglesias sobre las pirámides en demostración de dominio. Aparentemente, sería el triunfo de la ciencia, la academia y el conocimiento sobre el vicio y las inclinaciones alcohólicas, pero en el fondo es un acto de barbarie contra un pedazo de historia viva que hacía de esa esquina y de la plaza en su conjunto algo mucho más profundo que un museo o una galería, pues el lugar recogía a sus parroquianos como la extensión de todos a los que sirvió. De un día para otro, por decisión jurídico-administrativa, El Nivel no existe más, víctima de una visión parcial de la recuperación del Centro Histórico. Aquí cabe recordar que fueron la UNAM y los gobiernos los principales responsables del deterioro del Centro Histórico cuando la universidad se trasladó a Ciudad Universitaria a principios de los años 50. La universidad tiene gran responsabilidad en esto, ya que el traslado casi total, aunque progresivo, hizo desaparecer las casas de estudiantes y huéspedes, cafés, restaurantes y librerías que daban servicio a la comunidad universitaria. Luego de 1968 desapareció la preparatoria de San Ildefonso y previamente la Facultad de Medicina en Santo Domingo. Las librerías de viejo, aún existentes, y las imprentas, así como las viejas cantinas que sobrevivieron, son un vestigio vivo de lo que albergó el Centro Histórico y que hoy sólo se ve importante como arquitectura, no como espacio vital ni cuna de los contemporáneos.
Rescatar El Nivel como cantina es una responsabilidad que recae en los parroquianos que hemos pasado por ella, pero también de los universitarios y de la misma autoridad del Centro Histórico, encabezada por Alejandra Moreno Toscano, quien frente a sus esfuerzos por dotar de vida el cuadrante céntrico y unir vida cotidiana con majestuosidad arquitectónica ha recibido por igual el golpe de la visión aséptica y museográfica de rescate de lo material, sin vida propia, y, desde luego, de los intereses inmobiliarios.
Defender El Nivel como cantina es defender una visión del Centro Histórico que efectivamente llene el vacío que dejó la UNAM hace varias décadas y que se llenó por el comercio ambulante de fayuca, que construyó también su propia cultura.
La desaparición de este espacio, junto con las leyes contra los fumadores, bajo el espíritu cero tolerancia de Giuliani, comprado como la visión ordenadora, son golpes a la ciudad y los espacios públicos que construyó la sociedad, en los cuales, ante la debilidad de los partidos y las organizaciones políticas, se debaten el presente y las opciones personales, sentimentales e ideológicas.
El perfil de estas decisiones no muestra una visión progresista ni sensible a lo que sucede en la sociedad, ni siquiera conservacionista, sino que se inspira en un funcionalismo pretendidamente moderno. Bajo el argumento de tutelar la salud de los ciudadanos se cierra el camino a lo permitido y real para abrirlo a actividades dañinas.
La clausura de El Nivel es parte de una época donde en nombre del ser progresista se toman las peores decisiones capitalistas, conservadoras y antisociales. Son tiempos del crimen perfecto, donde en nombre de la izquierda se promueve el transporte privado sobre el público, se trabaja para el capital inmobiliario, se reubica a la economía informal y se entrega la ciudad a los grandes comerciantes; se hace de la política social nuevas estructuras clientelares bajo una visión filantrópica, sin promover cambios en la estructura económica injusta.
Fuente:
La Jornada
marcorascon@alcubo.com
Un paréntesis, una tregua, en nuestras adicciones por la realidad, para levantar la defensa de ese espacio histórico-anímico que la barbarie académica hoy ha violentado al desaparecer la cantina El Nivel, licencia número uno de este giro de establecimiento mercantil que existía desde 1856 en la esquina de la plaza mayor, a un lado de Palacio Nacional, donde plomeros, albañiles y yeseros libaron con Benito Juárez, Riva Palacio, así como con villistas, zapatistas, carrancistas, maderistas, los de la Ciudadela, reyistas, con José Vasconcelos, Diego Rivera, Siqueiros, estudiantes y maestros de San Carlos y San Ildefonso, de la Facultad de Medicina, comunistas, espías, curas sin sotana, los universitarios del 29, los del 68, cargadores, comunicadores, extranjeros en busca de nuestra cultura y raíces, periodistas y escritores, poetas, pintores de muchas técnicas, los locos de la plaza, gendarmes...
Tan importante como Palacio Nacional es la existencia de El Nivel, pues como espacio vivo demostró que una cantina puede trascender los cambios políticos, los esquemas ideológicos y que es por esencia una tribuna para el intercambio de existencias, condiciones y pensamientos.
Ahora, tras un largo litigio de la UNAM contra los dueños transitorios de la cantina más antigua de la ciudad de México, la universidad la cierra con el mismo ánimo que los españoles construyeron la catedral encima del Templo Mayor azteca o las iglesias sobre las pirámides en demostración de dominio. Aparentemente, sería el triunfo de la ciencia, la academia y el conocimiento sobre el vicio y las inclinaciones alcohólicas, pero en el fondo es un acto de barbarie contra un pedazo de historia viva que hacía de esa esquina y de la plaza en su conjunto algo mucho más profundo que un museo o una galería, pues el lugar recogía a sus parroquianos como la extensión de todos a los que sirvió. De un día para otro, por decisión jurídico-administrativa, El Nivel no existe más, víctima de una visión parcial de la recuperación del Centro Histórico. Aquí cabe recordar que fueron la UNAM y los gobiernos los principales responsables del deterioro del Centro Histórico cuando la universidad se trasladó a Ciudad Universitaria a principios de los años 50. La universidad tiene gran responsabilidad en esto, ya que el traslado casi total, aunque progresivo, hizo desaparecer las casas de estudiantes y huéspedes, cafés, restaurantes y librerías que daban servicio a la comunidad universitaria. Luego de 1968 desapareció la preparatoria de San Ildefonso y previamente la Facultad de Medicina en Santo Domingo. Las librerías de viejo, aún existentes, y las imprentas, así como las viejas cantinas que sobrevivieron, son un vestigio vivo de lo que albergó el Centro Histórico y que hoy sólo se ve importante como arquitectura, no como espacio vital ni cuna de los contemporáneos.
Rescatar El Nivel como cantina es una responsabilidad que recae en los parroquianos que hemos pasado por ella, pero también de los universitarios y de la misma autoridad del Centro Histórico, encabezada por Alejandra Moreno Toscano, quien frente a sus esfuerzos por dotar de vida el cuadrante céntrico y unir vida cotidiana con majestuosidad arquitectónica ha recibido por igual el golpe de la visión aséptica y museográfica de rescate de lo material, sin vida propia, y, desde luego, de los intereses inmobiliarios.
Defender El Nivel como cantina es defender una visión del Centro Histórico que efectivamente llene el vacío que dejó la UNAM hace varias décadas y que se llenó por el comercio ambulante de fayuca, que construyó también su propia cultura.
La desaparición de este espacio, junto con las leyes contra los fumadores, bajo el espíritu cero tolerancia de Giuliani, comprado como la visión ordenadora, son golpes a la ciudad y los espacios públicos que construyó la sociedad, en los cuales, ante la debilidad de los partidos y las organizaciones políticas, se debaten el presente y las opciones personales, sentimentales e ideológicas.
El perfil de estas decisiones no muestra una visión progresista ni sensible a lo que sucede en la sociedad, ni siquiera conservacionista, sino que se inspira en un funcionalismo pretendidamente moderno. Bajo el argumento de tutelar la salud de los ciudadanos se cierra el camino a lo permitido y real para abrirlo a actividades dañinas.
La clausura de El Nivel es parte de una época donde en nombre del ser progresista se toman las peores decisiones capitalistas, conservadoras y antisociales. Son tiempos del crimen perfecto, donde en nombre de la izquierda se promueve el transporte privado sobre el público, se trabaja para el capital inmobiliario, se reubica a la economía informal y se entrega la ciudad a los grandes comerciantes; se hace de la política social nuevas estructuras clientelares bajo una visión filantrópica, sin promover cambios en la estructura económica injusta.
Fuente:
La Jornada
Cerró la vieja cantina El Nivel
21-Ene-2008
La república de las letras
Humberto Mussachio
Cerró la vieja cantina El Nivel
La cantina más tradicional de México, El Nivel, hace unos días cerró sus puertas. Aunque se dice que el celebérrimo bebedero fue fundado por don Carmen Gallegos y Romero hace 156 años, más cierto parece que haya sido después de 1881, pues debe su nombre al monumento hipsográfico que en ese año colocaron en el extremo sur de la plaza del Seminario, donde permaneció hasta 1924, cuando fue trasladado al otro lado de Catedral, frente a la avenida 5 de Mayo. A dicho monumento, levantado en honor de Enrico Martínez, la gente dio en llamarle el nivel, pues supuestamente informaba del nivel de los lagos del valle de México. Litografías de esa esquina muestran que la cantina no es tan antigua como se supone, aunque, eso sí, era la más vieja de la ciudad, pues contaba con la licencia número uno. Por ahí pasaron presidentes de la República, varios generales de la revolución, durante y después de los balazos, artistas como Agustín Lara y Diego Rivera, Juan Rulfo y Tito Monterroso, periodistas de la talla de Renato Leduc y Jacobo Zabludovsky, notables profesores de la Universidad y prácticamente todos los integrantes de la grey burocrática de Palacio. Hace unos veinte años hubo dos intentos de clausura y ahora la cantina, muy venida a menos, cierra sus puertas definitivamente, pues la UNAM reclama el predio y la construcción, porque alguien llegó a considerar un sacrilegio la existencia de la alcoholería donde dicen que estuvo la primera sede de la Real y Pontificia Universidad. Pero ocurre que ésta nunca tuvo ahí su domicilio, pues empezó la lectura de cátedras en las casas de la Audiencia, luego pasó al Hospicio de Nuestra Señora y, de ahí, en 1589, a los corredores de las casas del marqués del Valle y luego al edificio propio de la plazuela del Volador.
Fuente:
Excélsior
La república de las letras
Humberto Mussachio
Cerró la vieja cantina El Nivel
La cantina más tradicional de México, El Nivel, hace unos días cerró sus puertas. Aunque se dice que el celebérrimo bebedero fue fundado por don Carmen Gallegos y Romero hace 156 años, más cierto parece que haya sido después de 1881, pues debe su nombre al monumento hipsográfico que en ese año colocaron en el extremo sur de la plaza del Seminario, donde permaneció hasta 1924, cuando fue trasladado al otro lado de Catedral, frente a la avenida 5 de Mayo. A dicho monumento, levantado en honor de Enrico Martínez, la gente dio en llamarle el nivel, pues supuestamente informaba del nivel de los lagos del valle de México. Litografías de esa esquina muestran que la cantina no es tan antigua como se supone, aunque, eso sí, era la más vieja de la ciudad, pues contaba con la licencia número uno. Por ahí pasaron presidentes de la República, varios generales de la revolución, durante y después de los balazos, artistas como Agustín Lara y Diego Rivera, Juan Rulfo y Tito Monterroso, periodistas de la talla de Renato Leduc y Jacobo Zabludovsky, notables profesores de la Universidad y prácticamente todos los integrantes de la grey burocrática de Palacio. Hace unos veinte años hubo dos intentos de clausura y ahora la cantina, muy venida a menos, cierra sus puertas definitivamente, pues la UNAM reclama el predio y la construcción, porque alguien llegó a considerar un sacrilegio la existencia de la alcoholería donde dicen que estuvo la primera sede de la Real y Pontificia Universidad. Pero ocurre que ésta nunca tuvo ahí su domicilio, pues empezó la lectura de cátedras en las casas de la Audiencia, luego pasó al Hospicio de Nuestra Señora y, de ahí, en 1589, a los corredores de las casas del marqués del Valle y luego al edificio propio de la plazuela del Volador.
Fuente:
Excélsior
Lágrimas por los “nivelungos”
Rafael Cardona
18 de Enero de 2008 | Hora de publicación: 02:05
Frente a la puerta “Mariana” del Palacio Nacional —llamada así por don Mariano Arista; no por melancólicos motivos religiosos—; esto es, en la esquina nor-occidental de la sede del poder en México, se erigió el siglo antepasado —en 1877— un monumento a Don Enrico Martínez quien fue el precursor de las modernas obras de expulsión de aguas residuales de la cuenca de México.
La historia de Don Enrico es digna de una novela y no serán obviamente estas páginas donde tal empeño se inicie, pero cuando Vicente Riva Palacio era ministro de Fomento, se decidió fijar una referencia estable (no susceptible a hundimiento) para fijar los niveles del plano de la ciudad en relación con el Lago de Texcoco.
“El monumento —Arqueología, publicación avalada por el INAH—, representa a la ciudad de México como una matrona que deposita laureles sobre una piedra con la imagen de la “gaudichaudia enrico martinezii”, hierba descubierta en el Tajo de Nochistongo y bautizada en honor de Enrico Martínez. La estatua es obra de Miguel Noreña (mismo autor de la de Cuauhtémoc en el Paseo de la Reforma).
“En 1878, a principios del gobierno de Porfirio Díaz, se iniciaron los trabajos de un nuevo sistema de drenaje para la cuenca de México (el Gran Canal del Desagüe y el Túnel de Tequixquiac). En ese momento no podía dejar de hacerse una consideración sobre el desagüe colonial que aún estaba en servicio (el Tajo de Nochistongo), y al reconocer su importancia y magnitud se tuvo a bien erigir un monumento en la plaza mayor de la ciudad de México en memoria de su principal ejecutor, Enrico Martín o Martínez. Éste fue un cosmógrafo, matemático e impresor de origen alemán que emprendió la obra original de un túnel en Nochistongo y sufrió en carne propia las consecuencias de la gran inundación de 1629”.
Arqueología no lo dice pero las consecuencias para Don Enrico fueron terribles, pues su tajo no sirvió de nada y la inundación de 1629 lo llevó con todo y sus huesos a la cárcel y después dicen, al suicidio.
Pero como sea ese monumento de sugerencia piramidal, tiene varias escalas en las cuales se puede leer aún (a pesar de ser ahora totalmente inútil y haber sido trasladado frente al Nacional Monte de Piedad), el nivel de la ciudad de México.
Y por esa razón, por su cercanía y fácil referencia, fue autorizada a funcionar desde 1872 con ese nombre de inmediata asociación, la cantina “El nivel” hoy ya clausurada al parecer sin remedio tras un litigio contra la Universidad Nacional Autónoma de México, lo cual es triste, muy triste.
Sin esta cantina, a la cual yo iba de cuando en cuando, en mis años de funcionario tanto de la Presidencia de la República como del Departamento del Distrito Federal y cuyos asiduos eran conocidos por Pancho Liguori como “los nivelungos”, se acentúan las pérdidas en el Centro Histórico donde se demuelen sin piedad vestigios dieciochescos y casas cuyo único pecado había sido sobrevivir al tiempo y la incuria o dejan de funcionar sitios de congregación cuyo estilo ya no corresponde a los tiempos corrientes.
Jacobo Zabludovsky ha ensayado una teoría sobre la necesidad social de las cantinas: sitios de reunión para personas en cuyas casas no hay espacio.
Pero por encima de las razones por las cuales en esta ciudad hubo cantinas de floreciente gastronomía y mejor tradición gregaria, entristece confirmar cómo cada vez la ciudad es menos ella, cómo se acaba, cómo se extingue para darle paso a una nueva Disneylandia.
“Quieren morir tu ánima y tu estilo, cual muriéndose van las cantadoras”, nos previno López Velarde quien frecuentó la cantina hoy clausurada como también lo hacía con otro fantasma urbano, “La flor de México”. También fue demolida “El paraíso”; el salón Bar Seminario y otros muchos.
Podemos derramar una furtiva lágrima por “El nivel”; pero más nos valdría murmurar siquiera todos los días una furibunda blasfemia (diría Efraín Huerta) por la ciudad de México capaz de convertir el noble espacio del Zócalo —por ejemplo y para males mayores—, en un “set” de televisión con pistas de hielo o museos trashumantes exaltados por la televisión hasta el delirio.
Fuente:
La Crónica
18 de Enero de 2008 | Hora de publicación: 02:05
Frente a la puerta “Mariana” del Palacio Nacional —llamada así por don Mariano Arista; no por melancólicos motivos religiosos—; esto es, en la esquina nor-occidental de la sede del poder en México, se erigió el siglo antepasado —en 1877— un monumento a Don Enrico Martínez quien fue el precursor de las modernas obras de expulsión de aguas residuales de la cuenca de México.
La historia de Don Enrico es digna de una novela y no serán obviamente estas páginas donde tal empeño se inicie, pero cuando Vicente Riva Palacio era ministro de Fomento, se decidió fijar una referencia estable (no susceptible a hundimiento) para fijar los niveles del plano de la ciudad en relación con el Lago de Texcoco.
“El monumento —Arqueología, publicación avalada por el INAH—, representa a la ciudad de México como una matrona que deposita laureles sobre una piedra con la imagen de la “gaudichaudia enrico martinezii”, hierba descubierta en el Tajo de Nochistongo y bautizada en honor de Enrico Martínez. La estatua es obra de Miguel Noreña (mismo autor de la de Cuauhtémoc en el Paseo de la Reforma).
“En 1878, a principios del gobierno de Porfirio Díaz, se iniciaron los trabajos de un nuevo sistema de drenaje para la cuenca de México (el Gran Canal del Desagüe y el Túnel de Tequixquiac). En ese momento no podía dejar de hacerse una consideración sobre el desagüe colonial que aún estaba en servicio (el Tajo de Nochistongo), y al reconocer su importancia y magnitud se tuvo a bien erigir un monumento en la plaza mayor de la ciudad de México en memoria de su principal ejecutor, Enrico Martín o Martínez. Éste fue un cosmógrafo, matemático e impresor de origen alemán que emprendió la obra original de un túnel en Nochistongo y sufrió en carne propia las consecuencias de la gran inundación de 1629”.
Arqueología no lo dice pero las consecuencias para Don Enrico fueron terribles, pues su tajo no sirvió de nada y la inundación de 1629 lo llevó con todo y sus huesos a la cárcel y después dicen, al suicidio.
Pero como sea ese monumento de sugerencia piramidal, tiene varias escalas en las cuales se puede leer aún (a pesar de ser ahora totalmente inútil y haber sido trasladado frente al Nacional Monte de Piedad), el nivel de la ciudad de México.
Y por esa razón, por su cercanía y fácil referencia, fue autorizada a funcionar desde 1872 con ese nombre de inmediata asociación, la cantina “El nivel” hoy ya clausurada al parecer sin remedio tras un litigio contra la Universidad Nacional Autónoma de México, lo cual es triste, muy triste.
Sin esta cantina, a la cual yo iba de cuando en cuando, en mis años de funcionario tanto de la Presidencia de la República como del Departamento del Distrito Federal y cuyos asiduos eran conocidos por Pancho Liguori como “los nivelungos”, se acentúan las pérdidas en el Centro Histórico donde se demuelen sin piedad vestigios dieciochescos y casas cuyo único pecado había sido sobrevivir al tiempo y la incuria o dejan de funcionar sitios de congregación cuyo estilo ya no corresponde a los tiempos corrientes.
Jacobo Zabludovsky ha ensayado una teoría sobre la necesidad social de las cantinas: sitios de reunión para personas en cuyas casas no hay espacio.
Pero por encima de las razones por las cuales en esta ciudad hubo cantinas de floreciente gastronomía y mejor tradición gregaria, entristece confirmar cómo cada vez la ciudad es menos ella, cómo se acaba, cómo se extingue para darle paso a una nueva Disneylandia.
“Quieren morir tu ánima y tu estilo, cual muriéndose van las cantadoras”, nos previno López Velarde quien frecuentó la cantina hoy clausurada como también lo hacía con otro fantasma urbano, “La flor de México”. También fue demolida “El paraíso”; el salón Bar Seminario y otros muchos.
Podemos derramar una furtiva lágrima por “El nivel”; pero más nos valdría murmurar siquiera todos los días una furibunda blasfemia (diría Efraín Huerta) por la ciudad de México capaz de convertir el noble espacio del Zócalo —por ejemplo y para males mayores—, en un “set” de televisión con pistas de hielo o museos trashumantes exaltados por la televisión hasta el delirio.
Fuente:
La Crónica
Espera la cantina "El Nivel" abrir nuevamente sus puertas
viernes 18 de enero, 01:59 PM
Dos de febrero de 1855. Ante un escribano público se solicitó el primer permiso para vender aguardiente, vinos y licores en México.
El Nivel, abría sus puertas como la primera cantina conocida hasta nuestros días.
"Fue fundada en 1855 cuando estaba como presidente el General Santana. La verdad desde Porfirio Díaz vienen para acá", expresó Rubén Aguirre, propietario de El Nivel.
Además de ex presidentes, el comandante Fidel Castro y el compositor Agustín Lara, al mismo nivel, convivieron copa a copa con otros poetas, escultores, pintores, obreros, escritores, periodistas y otros parroquianos que tenían como parada obligada esta cantina que luego de 153 años cerró sus puertas.
"El ambiente en general era agradable, no había borrachos borrachos, sino gente departiendo, conviviendo. Nos da tristeza, pero no supimos, poco después nos dijeron que iba a cerrarla y ya", comentó Angélica Avilés, ama de casa.
"Cerrado por remodelación hasta nuevo aviso" se lee en la que fue la entrada principal. Sellada hoy con tres candados.
Después de 17 años, los dueños de El Nivel perdieron la batalla legal para seguir operando en este edificio, propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
En su interior todo permanece intacto.
Miguel Segovia, cliente de El Nivel, recuerda particularmente un reloj que cuelga de la pared frente a la barra: "tenía muchas fotografías, más me gustó el reloj que estaba al revés, va al revés, en lugar de ir así, va al revés del uno al doce", indicó.
Durante siglo y medio de vida, "El Nivel" recibió a clientes frecuentes, asiduos visitantes a un sitio donde relajarse.
"Una cantina, se relaja uno creo yo que sirve para relajarse. Es una cantina que a mí siempre me agradó, o será porque yo era vecino de Palacio Nacional, fui intendente de Palacio Nacional y conocí la cantina, es de mucha tradición", señaló Amilcor Pérez Molina, cliente de El Nivel.
La bebida especial de la casa, el nivelungo, una mezcla de vodka, anís y licor de naranja se volverá a servir pronto, pues El Nivel espera abrir nuevamente sus puertas en otro punto de la ciudad.
Fuente:
Once Noticias
Dos de febrero de 1855. Ante un escribano público se solicitó el primer permiso para vender aguardiente, vinos y licores en México.
El Nivel, abría sus puertas como la primera cantina conocida hasta nuestros días.
"Fue fundada en 1855 cuando estaba como presidente el General Santana. La verdad desde Porfirio Díaz vienen para acá", expresó Rubén Aguirre, propietario de El Nivel.
Además de ex presidentes, el comandante Fidel Castro y el compositor Agustín Lara, al mismo nivel, convivieron copa a copa con otros poetas, escultores, pintores, obreros, escritores, periodistas y otros parroquianos que tenían como parada obligada esta cantina que luego de 153 años cerró sus puertas.
"El ambiente en general era agradable, no había borrachos borrachos, sino gente departiendo, conviviendo. Nos da tristeza, pero no supimos, poco después nos dijeron que iba a cerrarla y ya", comentó Angélica Avilés, ama de casa.
"Cerrado por remodelación hasta nuevo aviso" se lee en la que fue la entrada principal. Sellada hoy con tres candados.
Después de 17 años, los dueños de El Nivel perdieron la batalla legal para seguir operando en este edificio, propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
En su interior todo permanece intacto.
Miguel Segovia, cliente de El Nivel, recuerda particularmente un reloj que cuelga de la pared frente a la barra: "tenía muchas fotografías, más me gustó el reloj que estaba al revés, va al revés, en lugar de ir así, va al revés del uno al doce", indicó.
Durante siglo y medio de vida, "El Nivel" recibió a clientes frecuentes, asiduos visitantes a un sitio donde relajarse.
"Una cantina, se relaja uno creo yo que sirve para relajarse. Es una cantina que a mí siempre me agradó, o será porque yo era vecino de Palacio Nacional, fui intendente de Palacio Nacional y conocí la cantina, es de mucha tradición", señaló Amilcor Pérez Molina, cliente de El Nivel.
La bebida especial de la casa, el nivelungo, una mezcla de vodka, anís y licor de naranja se volverá a servir pronto, pues El Nivel espera abrir nuevamente sus puertas en otro punto de la ciudad.
Fuente:
Once Noticias
Cantina más vieja de México cierra sus puertas tras 150 años
17/1/2008 - 05:36(GMT)
Por Chris Aspin
MEXICO DF (Reuters) - La cantina más vieja de México, un refugio clásico por donde pasaron docenas de ex presidentes y hasta el líder cubano Fidel Castro cuando estuvo exiliado, cerró sus puertas después de 150 años.
Ubicada en una calle lateral entre el Palacio Nacional y la Catedral de la Ciudad de México, la puerta de El Nivel está ahora cerrada con candado.
El propietario de El Nivel, Rubén Aguirre, busca nuevos lugares después de perder una larga batalla legal a manos de los dueños del edificio, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
"Estamos viendo a dónde la podemos trasladar," dijo Aguirre, quien heredó la cantina de su padre, a una radio mexicana después de perder el proceso judicial de 17 años.
Un letrero de papel sobre la cortina de metal de la cantina dice: "Cerrado por renovación hasta nuevo aviso."
El Nivel abrió en 1855 después de recibir la primera licencia para cantinas pocos años después de la guerra entre México y Estados Unidos. Fue bautizada El Nivel porque las autoridades solían medir la altura de las aguas de inundación de la ciudad en el edificio.
Aguirre dijo a Reuters varios años atrás que la licencia original número 1 era guardada en una caja fuerte en el banco central porque es un valioso documento histórico.
Una copia enmarcada de la licencia colgaba en una pared de la cantina cuando estaba abierta, junto con arte ecléctico, viejos mapas, dibujos y borrosas fotos de la Catedral, el Zócalo -la principal plaza pública de México- y del propio bar.
El Nivel era refugio de escritores, artistas, activistas, periodistas y otros mexicanos bohemios. También se convirtió en una infaltable escala para los turistas. La bebida especial de la casa era una mezcla de vodka, anís y licor de naranja.
Aguirre dijo que unos 30 presidentes desde Sebastián Lerdo de Tejada en el siglo XVIII hasta Ernesto Zedillo (1994-2000) han pasado a tomarse unos tragos cuando estaban en el poder. Los presidentes mexicanos solían trabajar en el cercano Palacio Nacional.
Cuando Fidel Castro vivió en México en la década de 1950, también frecuentaba el bar con el ícono guerrillero Ernesto "Che" Guevara, según Aguirre. Castro partió hacia su revolución cubana desde México.
Aguirre dijo que el proceso legal para evitar que la universidad tome las instalaciones se hizo imposible de sustentar porque todos los documentos estaban a nombre de su fallecido padre, Jesús Aguirre, quien compró la cantina hace más de 40 años.
"Se complicaron mucho las cosas porque todo estaba a su nombre," sostuvo.
Terra/Reuters
Fuente:
Terra
Por Chris Aspin
MEXICO DF (Reuters) - La cantina más vieja de México, un refugio clásico por donde pasaron docenas de ex presidentes y hasta el líder cubano Fidel Castro cuando estuvo exiliado, cerró sus puertas después de 150 años.
Ubicada en una calle lateral entre el Palacio Nacional y la Catedral de la Ciudad de México, la puerta de El Nivel está ahora cerrada con candado.
El propietario de El Nivel, Rubén Aguirre, busca nuevos lugares después de perder una larga batalla legal a manos de los dueños del edificio, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
"Estamos viendo a dónde la podemos trasladar," dijo Aguirre, quien heredó la cantina de su padre, a una radio mexicana después de perder el proceso judicial de 17 años.
Un letrero de papel sobre la cortina de metal de la cantina dice: "Cerrado por renovación hasta nuevo aviso."
El Nivel abrió en 1855 después de recibir la primera licencia para cantinas pocos años después de la guerra entre México y Estados Unidos. Fue bautizada El Nivel porque las autoridades solían medir la altura de las aguas de inundación de la ciudad en el edificio.
Aguirre dijo a Reuters varios años atrás que la licencia original número 1 era guardada en una caja fuerte en el banco central porque es un valioso documento histórico.
Una copia enmarcada de la licencia colgaba en una pared de la cantina cuando estaba abierta, junto con arte ecléctico, viejos mapas, dibujos y borrosas fotos de la Catedral, el Zócalo -la principal plaza pública de México- y del propio bar.
El Nivel era refugio de escritores, artistas, activistas, periodistas y otros mexicanos bohemios. También se convirtió en una infaltable escala para los turistas. La bebida especial de la casa era una mezcla de vodka, anís y licor de naranja.
Aguirre dijo que unos 30 presidentes desde Sebastián Lerdo de Tejada en el siglo XVIII hasta Ernesto Zedillo (1994-2000) han pasado a tomarse unos tragos cuando estaban en el poder. Los presidentes mexicanos solían trabajar en el cercano Palacio Nacional.
Cuando Fidel Castro vivió en México en la década de 1950, también frecuentaba el bar con el ícono guerrillero Ernesto "Che" Guevara, según Aguirre. Castro partió hacia su revolución cubana desde México.
Aguirre dijo que el proceso legal para evitar que la universidad tome las instalaciones se hizo imposible de sustentar porque todos los documentos estaban a nombre de su fallecido padre, Jesús Aguirre, quien compró la cantina hace más de 40 años.
"Se complicaron mucho las cosas porque todo estaba a su nombre," sostuvo.
Terra/Reuters
Fuente:
Terra
El Nivel
Por malayerba
Actualizado 17-01-2008 10:09 CET
La más antigua, la más buscada, la más cercana, la de mayor historia y tradición. El Nivel, la cantina más céntrica y antigua de México.
El 2 de enero de este año se cerraron las puertas de la cantina más antigua de México, El Nivel, ubicada en la calle de Moneda #2 en el Centro Histórico de la Ciudad de México; por su ubicación, en la cotra-esquina de Palacio Nacional, estuvo al tanto y fue testigo de un sin fín de sucesos de la vida nacional mexicana; tuvo como clientes a todos los presidentes de México, comerciantes ambulantes, escritores, danzantes, periodistas, estudiantes, pintores, militares, músicos, creativos, poetas, actores y un larguísimo ‘etcétera’.
Ostenta una licencia de funcionamiento emitida en 1872, en los años del entonces presidente de la república Sebastián Lerdo de Tejada, aunque realmente dio 152 años de servicio continuo, los 365 días del año, de todos los años, de muchas personas. El inmueble en el que se encontraba fue sede de la ‘Primera Universidad de México y América Latina, la Primer Universidad del Continente Americano’, sentencia una placa en el acceso; hoy es propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México, que en su momento arrendó el local a los dueños de la cantina; sin embargo, hace 17 años se inició un litigio por el desalojo del espacio e iniciando este año, El Nivel perdió y perdimos todos y perdió la historia y perdió la vida cotidiana del centro de la ciudad. No estamos aquí para juzgar la justicia y la rectitud del litigio impuesto por la UNAM y la defensa de los dueños de El Nivel, sino para decirle adiós a una cantina que vio la historia de México.
Fuente:
soitu.es
Actualizado 17-01-2008 10:09 CET
La más antigua, la más buscada, la más cercana, la de mayor historia y tradición. El Nivel, la cantina más céntrica y antigua de México.
El 2 de enero de este año se cerraron las puertas de la cantina más antigua de México, El Nivel, ubicada en la calle de Moneda #2 en el Centro Histórico de la Ciudad de México; por su ubicación, en la cotra-esquina de Palacio Nacional, estuvo al tanto y fue testigo de un sin fín de sucesos de la vida nacional mexicana; tuvo como clientes a todos los presidentes de México, comerciantes ambulantes, escritores, danzantes, periodistas, estudiantes, pintores, militares, músicos, creativos, poetas, actores y un larguísimo ‘etcétera’.
Ostenta una licencia de funcionamiento emitida en 1872, en los años del entonces presidente de la república Sebastián Lerdo de Tejada, aunque realmente dio 152 años de servicio continuo, los 365 días del año, de todos los años, de muchas personas. El inmueble en el que se encontraba fue sede de la ‘Primera Universidad de México y América Latina, la Primer Universidad del Continente Americano’, sentencia una placa en el acceso; hoy es propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México, que en su momento arrendó el local a los dueños de la cantina; sin embargo, hace 17 años se inició un litigio por el desalojo del espacio e iniciando este año, El Nivel perdió y perdimos todos y perdió la historia y perdió la vida cotidiana del centro de la ciudad. No estamos aquí para juzgar la justicia y la rectitud del litigio impuesto por la UNAM y la defensa de los dueños de El Nivel, sino para decirle adiós a una cantina que vio la historia de México.
Fuente:
soitu.es
Cerró El Nivel; en su interior quedaron 156 años de historia
• La cantina fue punto de encuentro de presidentes, escritores, periodistas...
• Su propietario, Rubén Aguirre, informó que perdió con la UNAM litigio por el predio
Rocío González Alvarado
Ampliar la imagen Detalle de la fachada del edificio que albergaba la cantina El Nivel, en la calle Moneda número 2, en cuya cortina se lee un letrero con la leyenda: "Cerrado por remodelación
La cantina más antigua de México, El Nivel, que ostenta la primera licencia de ese giro en el Distrito Federal, cerró sus puertas de manera definitiva en el Centro Histórico, luego de ser punto de encuentro de presidentes, escritores, artistas, burócratas, académicos, activistas, periodistas y turistas, durante 156 años.
Los cacahuates, el queso blanco y de puerco en cuadritos, con sus rajas en escabeche, botanas que acompañaban las cervezas frías o la bebida de casa el nivelungo (vodka, Pernod y licor de naranja) dejaron de servirse desde el pasado 2 de enero, según informó, durante una entrevista en el programa de radio De una a tres de Jacobo Zabludowsky, don Rubén Aguirre, su dueño, quien explicó que tomó esta decisión tras perder un litigio con la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que reclamó la propiedad.
El local ubicado en Moneda número 2, casi esquina con la Plaza de Armas, donde sólo queda como testimonio de su cierre un anuncio para la clientela: “Cerrado por remodelación. Hasta nuevo aviso”, fue en su momento parte del edificio sede de la ahora máxima casa de estudios del país, que dos predios más adelante, en el número 5, mantiene las oficinas del Programa de Estudios Sobre la Ciudad (PUEC).
Como todo sitio milenario, este escenario, que cruzó tres siglos como protagonista de la vida nocturna en la capital y solía, como las cantinas tradicionales, cerrar sus puertas a más tardar a las 11 de la noche, deja en su interior todo un cúmulo de historias y anécdotas.
Desde las que involucran a grandes personajes –se dice que la mayoría de los presidentes de México cruzó alguna vez sus puertas y algunos cantantes como Agustín Lara llegaron hasta su barra–, hasta las de jóvenes estudiantes de artes plásticas, que sin dinero en los bolsillos empeñaban sus obras a cambio de un trago de cerveza.
Licencia número uno
Lo cierto es que de sus paredes colgaba toda una suerte de pinturas, dibujos, caricaturas y fotografías, sin faltar, la copia de la licencia para la venta de bebidas alcohólicas, orgullo de los meseros, que al menor comentario de los curiosos exhibían, e inclusive emprendían toda una “ruta turística” por el lugar para presumir aquel antiguo teléfono, que utilizaban los comensales para justificar en casa su tardanza o el reloj, que con sus manecillas y números al revés, hacía retroceder el tiempo.
Pero el ajetreo que daba vida a la calle de Moneda, a partir de la hora de la comida, con los empleados de gobierno, y más tarde con los bohemios, sólo se conserva en los comercios aledaños, uno de venta de monedas y billetes antiguos y otro de tacos de canasta, fundado en 1935, donde aún no saben, que el local vecino llegó a su fin, según informó don Rubén Aguirre, heredero de la cantina a la muerte de su padre, Jesús Aguirre.
“Hace más de 20 años nos clausuraron dos veces la cantina, posteriormente le donaron a la Universidad el edificio ubicado allá en las calles de Moneda y Seminario y tuvimos un récord de 17 años peleando (…) Sabíamos de antemano que algún día la cantidad El Nivel iba a dejar de existir. ¿Por qué? Porque a la muerte de mi padre (…) se complicaron mucho las cosas, porque todo estaba a su nombre”, relató ayer durante la entrevista radiofónica.
Ahí nombró al primer dueño, don Carmen de Gallegos y Romero, recordó los años de operación y explicó el origen del nombre de la cantina: “Yo sé la versión que se llamó El Nivel porque había existido el primer nivel que colocó Enrico Martínez para medir cómo crecía el agua en los ex lagos de Texcoco, Zumpango, Tacuba y Azcapotzalco, cuando llovía mucho en la ciudad de México”, refirió.
Y también dejó abierta la posibilidad de reubicar El Nivel en otro espacio en la ciudad de México, al conservar aún el permiso de la cantina más antigua de México. “Estamos viendo a ver dónde la podemos trasladar”, apuntó.
Fuente:
La Jornada
El Nivel, más allá de una cantina
Concurrían escritores como Armando Ramírez, autor de Chin Chin el teporocho.
Hay quienes construyen la historia de un espacio a partir de los personajes que lo visitaban, sobre todo si de un lugar para la “conbebencia” se trata: la cantina El Nivel fue visitada durante poco más de siglo y medio por la clase política, económica y social que hallaba su eje de operaciones en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
Se trata del primer negocio en contar con licencia, un permiso otorgado por un escribano durante la presidencia de Antonio López de Santa Anna, si bien la oficial le fue entregada ya en la época de Sebastián Lerdo de Tejada, en 1872, a partir de ahí se empezó a escribir su historia.
Un pasado en el que, es cierto, estuvieron involucrados la mayor parte de los presidentes de México, que se daban una escapada de Palacio Nacional para relajarse de sus actividades cotidianas, y también personajes como Agustín Lara o Fidel Castro —el mismísimo comandante, aunque quizá los más importantes sean los estudiantes de la Universidad Nacional o de la Academia de San Carlos, quienes juntaban sus centavos o sus pesitos para tomarse una helada en el ya mítico lugar.
Uno de sus habituales fue el escritor Armando Ramírez, autor de Chin Chin el teporocho, reeditado por Océano el año pasado, quien solía encontrar un oasis de tranquilidad dentro de rumor urbano.
“Miré puros briagos, leí a un montón de poetas que ahí se inspiraban; periodistas famosos, desde Pepe Alvarado a los actuales, no digo quiénes porque los voy a balconear, pero se trata de una memoria histórica del placer de conversar: si algo puede hacer el alcohol es convertir al lugar en un punto del culto a la conversación, dentro del tráfago del Centro.”
El Nivel cierra sus puertas. El espacio que ocupaba en la calle de Moneda formó parte de la Universidad Pontificia de México y después de la Universidad Nacional, por lo cual estaba en litigio con la UNAM desde hace casi dos décadas, luego del trabajo de recuperación del edificio que venía realizando la institución.
Sin embargo, el amparo que protegía a la cantina más antigua del mundo quedó sin efecto desde el fallecimiento de don Jesús Aguirre, por lo que su hijo Rubén Aguirre se vio en la necesidad de anunciar el cierre de la cantina y, con ello, de más de 150 años de historia en la ciudad, aun cuando contempla la posibilidad de abrirla en otra parte.
“El cierre de la cantina representa la pérdida de la memoria y del sentido de pertenencia a la ciudad”, asegura Armando Ramírez. “Creo que uno de los enormes fallos de los gobiernos de la Ciudad de México ha sido no fomentar en la gente el sentido de pertenencia, de sentirse bien de ser chilango y cuando se cierra un lugar que es elemento de identidad, perdemos también un poco de memoria.”
Para el escritor no debía existir problema alguno en la convivencia de la cantina con las instalaciones universitarias, pues desde la existencia en la zona del barrio universitario, El Nivel sirvió como espacio para la plática, la reflexión y, sobre todo, para fomentar el sentido de pertenencia: “Tener un sitio de gozo no creo que dañara; era una sitio en el que entrabas y veías al chavo que deseaba ser pintor o poeta, al viejo periodista o, simplemente, a la gente que se tomaba un refrigerio antes de meterse al metro.
“Al final, tomar ahí una chela y comer una torta de jamón hacía que la ciudad fuera un poco más humana.”
México/Jesús Alejo
Fuente:
Milenio
Cierran El Nivel, la cantina más antigua de México
Adrián Figueroa y Carlos Aguilar
16 de Enero de 2008 | Hora de publicación: 10:49
La cantina El Nivel no volverá a abrir sus puertas. Perdió el amparo que le permitía dar cobijo a sus parroquianos. Si sus puertas, esas de ida y vuelta, lo hicieran nuevamente, sus clientes sentirían el olor del vino y el calor de la plática, observarían las pinturas y fotos que adornan sus paredes, la viejas sillas de madera y al “Colosio”, el mesero Rogelio Rodríguez.
Si volvieran a abrirse, la cantina estaría presente al izar la bandera nacional, sentiría el sonido del repicar de las campanas de catedral llamando a misa, a los trabajadores de una cerrajería, de la tienda numismática, de los puestos de jugos y tacos en su entorno. A los transeúntes y estudiantes de la Academia de San Carlos. Al final de la tarde, el arriar del lábaro patrio, pero nunca más el bullicio de los ambulantes que se fueron desde 12 de octubre de 2007.
Si se abrieran, como desde el 2 de febrero del 1872, volverían los jóvenes Werther a contar sus cuitas con trago en mano, los incipientes poetas que sueñan con la fama literaria, los bautizos de reporteros en ciernes, las acaloradas discusiones sobre política, futbol, economía y filosofía, pero no la docta, sino de la vida. Si volvieran... pero el 2 de enero cerró.
Y con el fin de El Nivel, termina el ciclo de los primeros… La calle de Moneda fue sitio de la primera imprenta, de la Universidad Pontificia de México, donde una placa dice que ahí, donde expira la primera cantina del país, fue parte de su sede. Como también en esa calle, esquina con Primo de Verdad, estuvo la Universidad Nacional.
Tras 17 años de litigio, el dueño Rubén Aguirre anunció ayer que la cantina cierra sus puertas y el edificio pasa a formar parte de la Universidad Nacional Autónoma de México. Añadió que la licencia no se pierde y está pensando trasladar El Nivel a otra parte de la ciudad que no sea el Centro Histórico. El amparo lo perdió porque al morir su padre, Jesús Aguirre, terminó éste y la UNAM pidió el predio.
PÉRDIDA. El escritor Armando Ramírez dice al respecto: “Perdemos la memoria, la identidad, el sentido de pertenencia a la Ciudad de México. Y citó a Salvador Novo para definir a la vieja cantina del país y América Latina: ‘se pierde un sitio para la plática y la conversación y la ciudad se vuelve decadente al aislarse en el silencio’”.
“Es que El Nivel siempre se nos atravesaba a todos, desde el maestro José Alvarado que llevaba a sus alumnos de la prepa 1 para instruirlos en el arte de la vida, así como otros mentores no tan famosos.
Y qué decir de Jacobo Zabludovsky, de los ex presidentes Antonio López de Santa Anna, Benito Juárez, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Ernesto Zedillo, Carlos Salinas de Gortari, entre muchos otros políticos y artistas.
Armando Ramírez recuerda que una vez, al salir del programa “Para gente grande” se le atravesó El Nivel y al sentarse a tomar su chela helada, su interlocutor le dijo que le caía bien porque se parecía al escritor de “Chin chin el teporocho” y que salía con (Ricardo) Rocha.
Pero los personajes más importantes, dice, son los que día a día, dentro del trajín cotidiano hacían un descanso para tomarse sus tragos y comer una botana, como esas tortas proletas —por proletario— de jamón. O sus famosas bebidas como: “nivelungo” —para curar la cruda—, “patada de mula” y “ponche de granada”, entre otras.
Como Rafael Guízar, pintor del Centro Histórico, que no oculta su pena.
“Desde hace 10 años que contribuía al ambiente que se vivía en la cantina. Lástima que la cierren, porque el buen ambiente nunca faltó en este lugar. Ni hablar”.
Guízar no sólo contribuyó con el ambiente, también lo hizo con la pinturas que ahí se exhibían: regaló dos de sus acuarelas al dueño e hizo una más por encargo.
Para Hilario Ramírez —quien desde hace más de 50 años vive en Lic. Primo Verdad— las cosas no son diferentes.
“Está muy mal que la cierren, porque la visitaba mucha gente. Era un centro de referencia para todos, incluyendo a los presidentes de nuestro país. Recuerdo que muchos funcionarios venían a la cantina y que el mismo dueño les cambiaba el cheque cada quincena.
“La voy a extrañar mucho, pues llevo más de 50 años viviendo aquí. Iba cada semana para echarme dos o tres tequilitas y para comer su mole de olla, que era lo que más me gustaba...”.
Fuente:
La Crónica de Hoy
Cierran la cantina más vieja de México y AL
Alberto Torres
El Universal
Ciudad de México
Martes 15 de enero de 2008
El Nivel, ubicado en el corazón del Centro Histórico y con fecha de expedición de 1872 cerró sus puertas el pasado 2 de enero; las primeras versiones indican que el inmueble fue requerido por la UNAM
Desde el pasado 2 de enero fue cerrada la que era considerada la cantina más vieja de México y América Latina, cuyo número de licencia era la 001 y con fecha de expedición de 1872, por el entonces presidente Sebastián Lerdo de Tejada.
El local que ocupara esta milenaria cantina, llamada El Nivel, ubicada en el corazón del Centro Histórico, en la calle de Moneda número 2 esquina con seminario en contra esquina con Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, de acuerdo con las primeras entrevistas con quienes ahí laboraban, será utilizado por la Universidad Nacional Autónoma de México.
“Era un punto de reunión de poetas, escritores, vendedores, indigentes, artistas, presidentes. No pueden cerrarlo así como así. Ese día llegué como de costumbre a las 9:00 y dije que iba a levantar ya la cortina. Don Rubén, hijo del dueño, me dijo que ya no abriríamos, que el local ya lo había pedido la UNAM”, cuenta Rogelio Frausto, mesero de El Nivel desde 1984.
Las versiones que saben los empleados de El Nivel: Guillermina, El Brujo, El Botanero y Don Rogelio, también conocido como Don Panchito o El Colosio del Centro Histórico, es que la UNAM es propietaria del edificio donde se ubica el local y que había ya una solicitud previa para ser desalojado.
Antes de la muerte del propietario de la cantina El Nivel, Don Jesús Aguirre Villegas, el 1 de mayo del 2006, existía un amparo contra el desalojo, mismo que caducó a su fallecimiento.
De acuerdo con Don Panchito, Rubén Aguirre, hijo del propietario, les dijo que sus abogados ya no podían tramitar otro amparo y que prefería, antes que los desalojaran abandonar el lugar.
Hasta el momento los trabajadores de El Nivel, en donde la bebida tradicional era El Nivelungo, La Patada de Mula y la Sangría, no tienen más información, no han sido indemnizados y desconocen cuál será su situación laboral luego de estar tantos años en esta cantina.
Una de las anécdotas de este lugar cuenta que el entonces presidente Lerdo de Tejada expidió la licencia de este lugar, que hasta entonces sólo tenía un permiso, y que a diario mandaba a su secretario para que le trajera una sangría de El Nivel, un día que la cantina estaba cerrada expidió un decreto en el que prohibía cerrar el lugar.
Ahí en la barra de esta cantina se formó el grupo de Los Nivelungos, poetas, ingenieros y escritores que acudían a diario a este lugar, entre ellos El Tío Monchiváis, El Doctor Tatatiú-tatatiú.
También ahí solían visitarla políticos y presidentes, ahí estuvo Luis Donaldo Colosio, iban los ex presidentes Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Miguel de la Madrid; cantantes como Gloria Trevi, Los Askis, periodistas como Jacobo Zabludovsky y bohemios y escritores que en sus textos han inmortalizado la historia de este lugar.
Mañana vea completo el video-reportaje de esta milenaria cantina.
Fuente:
EL Universal
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